viernes, diciembre 14Respiro y dejo de Pensar

Sobre la intensidad y otras variables en Ashtanga por Sandra Maldonado

Cuando empecé a practicar Ashtanga era joven y tremendamente enérgica e inexperta. Me costaba mucho regular la cantidad de energía que debía poner en cualquier actividad, debido a una clara desconexión conmigo misma. En aquella época, si salía a escalar con mi amiga, cada poco tiempo queríamos aumentar la dificultad de la pared; si iba a correr, cada semana incrementaba la velocidad o los kilómetros aunque llegara con la lengua fuera… y, así, con esta naturaleza extrema que me presionaba y empujaba hacia la extenuación, puse toda mi energía en la práctica del Ashtanga. Esto me ayudó a aprender muchísimo sobre mi yo más profundo ya que cuando rebasas los límites, por exceso  o por defecto, después resulta más fácil encontrar el glorioso punto intermedio aristotélico que para mí siempre ha estado misteriosamente ubicado y fuera de mi alcance emocional.

Así pues, tras un tiempo de comenzar a practicar Ashtanga de manera intensa, comencé a sentir dolor por todo mi cuerpo y articulaciones, durante y tras la clase, el cual achacaba al resultado de la buena práctica en la que me hallaba ensimismada (con autopalmadita en la espalda incluída por mi savoir-faire). Pero esa intensidad dolorosa, previsiblemente no podía durar mucho y me acabó pasando factura.

Empecé a generar una sutil aversión psicológica hacia la práctica, primero muy inconsciente pero reflejada en las pocas ganas que tenía de extender mi esterilla cada día, y también hacia mi propio cuerpo porque no respondía como yo quería cuando en realidad no lo estaba escuchando ni lo aceptaba. Justificaba la agresividad en la que estaba sumida a cierta obligación moral de practicar sin cuestionarme nada. Había que hacerlo y punto. Era así.

Toda esta experiencia fue en aumento despertando la necesidad de estudiar anatomía, analizar y comprender racionalmente, así que me matriculé en varios cursos de masajes de diferentes tipos. Después valoré el estado de mi frágil musculatura, ligamentos y articulaciones con tendencia a la laxitud. ¿Por qué no me sentaba tan bien el Ashtanga como a los demás? ¿Por qué a mí? ¿Qué estaba haciendo? La respuesta era sencilla pero no iba a encontrarla en el plano racional, por lo que nunca le eché la culpa al yoga de hacerme daño. Tenía claro que era yo misma la que lo hacía. Así pues, me hice responsable de mis actos: era el momento de aceptar que no estaba observando mis emociones de manera sana ni escuchando mi cuerpo el cual no estaba preparado para aquel numeroso trajín de saltos y posturas. Un duro golpe para mi joven e inmaduro “ego-céntrico”.

El enamoramiento y deseo de practicar que sentía, no me habían permitido tomármelo con la calma necesaria. La filosofía del Ashtanga que quise aprehender por motu proprio casaba a la perfección con mi manera de ser, sin embargo, por ese camino “cómodo” lo único que hacía era potenciar más mi desequilibrio energético y dañarme física y emocionalmente. El miedo a no avanzar o a estancarme justificaba la intensidad diaria que ayudaban a que esta crónica anunciada desembocara en un final más que previsible.

Por suerte, ¡nada dura eternamente! y si uno comienza a cultivar una atención sana y plena en lo que está haciendo, finalmente se da cuenta de que debe cambiar algo si espera resultados distintos. Comencé a experimentar con dos variables: frecuencia e intensidad. Una época reduje el número de chaturangas entre posturas, otra el número de días de práctica, pero nunca hice menos posturas ya que lo sentía como un fracaso. Después probé a practicar un día sí y otro no, para dar margen a los músculos a que se recuperasen. Pero, ¿de qué tenía que recuperarme? ¿No se suponía que la práctica debía llenarme de energía y salud? Aún recuerdo cuando salía de cada clase con tembleque en los brazos y las piernas…

Entonces me di cuenta de que sencillamente estaba haciendo más posturas de las que mi cuerpo y mente podían asumir y con demasiada intensidad. Desequilibrada entre mi exceso de elasticidad y energía, pero poca fuerza muscular y calma mental, era un caldo de cultivo al que sumar posturas con un fin aciago. Después de llegar aKarandavasana y hacer aquel loto imposible en el aire, ya podía morir para el resto del día.  Llegar a ese punto de la práctica sacaba lo peor de mí y me dejaba KO.

No aguanté mucho aquel ritmo que me revolvía tanto por dentro y que me generó (o más bien, yo me generé) una crisis a la que se sumaron más elementos. No quería. Por lo que me tomé un descanso del Ashtanga para reflexionar, mis experimentos con los cambios de variables racionales no habían funcionado.

Pasó tiempo y más relajada y comprensiva volví a retomar la práctica desde otra perspectiva: con menos posturas, menos necesidad de llegar a…, con un ritmo más pausado, más consciente, disfrutando de cada momento, sin miedo y mucho respeto. Más desde el corazón. Entonces comprendí la verdadera práctica y el porqué de este sistema administrado de esta manera, una manera que no debe ser confundida ni generar ningún miedo al neófito pero sí constancia, respeto a uno mismo, devoción  y mucha dulzura.

El Ashtanga y el estudio del verdadero Ser nada tienen que ver con engullir muchas posturas ni con la agresividad, fundamentada en frustraciones o traumas, que a veces podemos ser capaces de desprender para conseguir atarnos en una postura. Pero sí con una mirada tranquila, estable y con una respiración equilibrada que refleja nuestro estado mental ecuánime y atención sin expectativas. Como dice mi querido gran profesor Tomás Zorzo de quien he tenido la suerte de aprender mucho: “Después de haber realizado la secuencia de Ashtanga deben nacer las ganas de meditar. La práctica nos prepara para la meditación”.

Pero, entonces, ¿cómo practicar cada día para avanzar sin dormirnos y sin rompernos?

Esa respuesta viene dada si, por ejemplo, durante el vinyasa puedes prestar atención a la respiración que se mantiene profunda ¡incluso en urdhva mukha! suave y equilibrada. Si cuando durante la realización de posturas aparecen sensaciones agradables o desagradables, las cuales observas, pero sigues en tu respiración con la mente en calma y aceptas. Si cuando durante una postura complicada tus hombros no se pegan a tus orejas, tu mandíbula está relajada o el equilibrio entre inhalación y exhalación sigue intacto. Si puedes observar las emociones que generan cada postura sin luchar contra ellas o si permites que los pensamientos pasen de largo como si contigo no fuera la cosa…

Toda esta maravillosa experiencia que integra mente y cuerpo, solo la puede dar una práctica constante y amable incluso con unas cuantas posturas y, poco a poco, avanzar sin prisas y estable.

Si el Ashtanga Yoga es nuestro alimento del alma diario, el cual esporádicamente nos sorprende con sensaciones intensas de felicidad y conexión plenas, entonces no tiene sentido que queramos comernos este gran pastel de un bocado para llegar a ningún sitio ni hay espacio para el deseo de alcanzar nada de manera obstinada. Acaso, ¿no es la propia práctica la que decide cuando regalarnos de manera inesperada esos estados fugaces de máxima felicidad?

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Namasté
Sandra Maldonado, directora del centro Samma Ashtanga Yoga

www.sammaashtangayoga.wordpress.com

Samma Ashtanga Yoga