viernes, febrero 23Respiro y dejo de Pensar

Sobre cómo llegué al Yoga por Rocío Vázquez Cerviño

Ilusión:

A los 18 llegué a Madrid. La estación de Atocha parecía un enjambre de reencarnables que se dirigían a coger su tren, el de la mañana, el que siempre cogen, el que a veces pierden, a menudo tan solo por cuestión de segundos. Y yo allí, con mi madre al lado, intentando asimilar tanta información ambiental, descifrando los mensajes en el aire y los letreros electrónicos, sin saber cuál sería mi tren, y respirando cada vez más rápido. Ese fue el día que se cortó; el cordón umbilical y la respiración…

Sí, porque en Madrid la gente también respira pero lo hacen a un ritmo alucinante, incluso a veces creo que sólo inspiran, que se olvidan de expirar. Inspirar tanto tanto, no puede ser bueno. Con el paso del tiempo lo comprobé.

Los años de la Universidad fueron sin duda los mejores de mi vida. ¿Por qué? Muy fácil. Libertad, entusiasmo, ilusión, y una inocencia residual que permitía saborear sin agridulces aquellos maravillosos momentos transformados en meses, de matemática y poesía a partes iguales. Y de Madrid al cielo…

A los 21 creía que mi sueño era dirigir un Hotel. Me veía fuerte, con una energía capitalista capaz de mover la montaña rusa hasta Mahoma. El hervidero de oportunidades que era Madrid recién comenzado el siglo XXI era el caldo de cultivo perfecto para la ambición, el ego y una meteórica carrera profesional. Y así fue.

Tras finalizar el Máster en Gestión Hotelera en el Universidad Politécnica, estaba preparadísima para comerme el mundo y parte del extranjero.

La imagen ya estaba dibujada en el horizonte: yo, Directora de Hotel. Era un camino definidísimo donde lo que menos importaba era vivir. Se trataba de triunfar, significase eso lo que fuese.

No importaba si sobrevivía en un apartamento en Chamberí o en el mismísimo Hotel. No importaba si iba o no “a casa”, no vaya a ser que mientras yo me daba una ducha en un pequeño cubículo de la calle Ponzano al que apenas iría a tumbarme un rato y cambiarme de ropa y cuyo alquiler suponía más de la mitad de mi sueldo, se fuesen a quemar las cortinas de la 328.

He trabajado durante 7 años en las oficinas corporativas de una multinacional hotelera. Nunca en un Hotel. Sueño ligeramente truncado. Pero a veces la realidad supera los sueños y hasta consigue ser mejor. Mi horario, como el de muchos, de 9 a 19. Gestionaba mi propio equipo, tenía una buena posición, un sueldo aliciente, y un futuro prometedor en la compañía y muy probablemente en el sector. Con 27 años tuve la “suerte” de realizar un programa de desarrollo directivo y todo pintaba muy pero que muy bien. Sólo había un pero. Tras varios meses en la sospecha y la lucha por lo contrario, un día de Marzo en un almuerzo con unos clientes en uno de los hoteles en Sevilla tuve un momento de clarividencia. No conseguía beber agua, no conseguía tragar nada. No era feliz.

Si lo fuese, me hubiese encantado seguir con mi carrera de astronauta, trabajando de 9 a 19 o a 25. Cogiendo el AVE más veces de ida que de vuelta. Comiendo con todos los clientes posibles y firmando acuerdos astronómicos de colaboración infinita. Esos acuerdos infinitos.

Burn Out:

Punto de no retorno.

Cuando llegas al burn out en cualquier área de tu vida, hay siempre por lo menos un punto, sino varios, de no retorno. Estos puntos son mis preferidos, porque son los que, por increíble que parezca, nos permiten avanzar. Son muy jodidos estos puntos, pero son de importancia vital.

En el último año de trabajo en Madrid fueron contadas las veces que dormí en la cama. La cama me producía insomnio en sí misma. Así que llegaba a casa, mal cenaba y me tumbaba en el sofá a ver un poco la tele hasta que me quedaba dormida vestida. Me despertaba siempre alrededor de las 2 am y así me quedaba hasta que se hacía de día, por lo que rara vez dormía más que 4 horas por noche. Así todas las noches. Así durante meses.

Deshacía una maleta para hacer otra y mi vida social era casi inexistente. Era oficial, estaba en la fase 1 del burn out. A las 7 de la mañana sonaba el despertador por motivos de rutina más que funcionales. Me desvestía para volverme a vestir, sin pasar por el pijama. Todos los días en la ducha se me caía alguna lágrima que intentaba disimular para mí misma con el propio chorro de agua. Cada día entre chorro y chorro me contaba todo lo que necesitaba oír de mí para poder hacer frente al día. Cada día la ducha era un poquito más larga.

Era consciente de todo lo que me estaba pasando. Absolutamente. Pero no era consciente de que no podría con ello. Me recordaba a mí misma lo bueno que era mi trabajo, lo buena que yo era haciéndolo, lo que me gustaba y la suerte que tenía de haber conquistado el que creía que era mi sitio.

Poco a poco empecé a tener una serie de síntomas físicos y emocionales, cada vez más intensos. Cada día era más difícil salir de la ducha y contarme más cuentos. Podemos nadar contra corriente, pero el océano se torna infinito entonces.

Oí decir una vez que la emocionalidad estupidifica, no puedo estar en mayor desacuerdo, porque son las emociones las que más nos revelan lo que necesitamos saber.

Llegué al punto de la Hipersensibilidad. Hoy prácticamente soy hipersensible a todo lo que me rodea, todo me afecta para bien y para no tan bien, al cuerpo y al alma. Desde lo que como hasta lo que veo, oigo, pienso y siento.

Por eso ahora escojo muy bien lo que quiero ver, oír, pensar y sentir. La Hipersensibilidad es igualmente puñetera, como los puntos de no retorno, pero esencial para vivir la vida con el toque de un don, el de la transformación. Hipersensibilidad es la naturaleza en estado puro, la conexión con los orígenes, con lo que huele a verdad y a esencia en nosotros mismos. Es la fuerza en si misma, presentada de una forma sutil.

Tengo que decir que los casi 7 años que estuve trabajando para la Hotelera fueron plenos, llenos de oportunidades y de aprendizaje en una de las mejores empresas del sector para trabajar.  Hoy sé que mis motivos de salir fueron intrínsecos. No tenían nada que ver, o mucho que ver, con la Empresa que recientemente en el mes de Enero de ese mismo año me había ofrecido un ascenso. Venían de mí, de dentro, de mi propósito de vida y de mi proceso de transformación.

Así es como tras varios meses de lucha conmigo misma, con el espejo y con el mundo, decidí salir. Salir esta vez sin salidas. No tenía ni idea de lo que iba a hacer. Sólo sabía que tenía que comprobar que el cielo seguía siendo azul, necesitaba comprobar eso. Me hacía mucha falta conocer la parte original de las cosas, de mí. Fue difícil, bastante. Sola. Solísima. Bueno, no del todo, tenía mis dos i´s: mi instinto y mi intuición. Me agarraba subconscientemente a ellas para encarar a la sociedad, a mi familia y a todos los que no creyeron que mi decisión de dejar un trabajo en plena crisis fue una cuestión de vida o muerte en aquel momento.

But that external success without interior significance is a hollow victory.

What’s the point of winning in the world while losing yourself?

(Robin Sharma)

Salí de Meliã Hotels International el 9 Junio de 2010.

Aquí es donde se acaba parte de mi historia.

Parte II

A veces sólo nos damos cuenta de lo que es verdaderamente importante cuando dejamos de tenerlo. En mi caso fue así. La pérdida de salud me obligó a hacer un reset físico y mental, donde sólo el cambio tenía sentido para poder obtener nuevamente calidad de vida.

Llegué a la ciudad Invicta el 10 de Septiembre de 2010. Enferma. Agotamiento del sistema nervioso, con todos los efectos colaterales que esto conlleva, físicos, hormonales, psicológicos… Lo que pasó entre Junio y Septiembre no lo sé, no sé donde estaba en ese momento y tampoco creo que tenga importancia ahora. Sólo recuerdo haber hecho El Camino de Santiago con uno de mis mejores amigos, Juan A. Romero, como una especie de purgatorio, promesa y salvación.

Ante la opinión de algunos médicos, decido ser escéptica por conveniencia propia, y pongo en marcha un plan de auto-cura sin saber que sería al mismo tiempo uno de los mayores descubrimientos de mi vida. Transformar hábitos como la alimentación o la gestión emocional fue imprescindible para volver a estar bien. Fue a partir de ahí que el Yoga entró y casi todo lo demás salió, dando lugar a la formación y transformación aprofundadas.

El Yôga es casi todo. Lo que es menos, una actividad física. Lo que es más, una filosofía de vida que se caracteriza por elementos como un auto-conocimiento  profundo y un estado de consciencia máxima que evoluciona al mismo tiempo que su propia práctica. No hay evolución sin transformación y no hay transformación sin consciencia.

La decisión de incorporar el Yoga en mi rutina diaria era la prioridad más absoluta en aquel momento y encontrar un buen centro fue rápidamente una misión cumplida. Lo que yo no sabía entonces es que eso sería el comienzo de algo muy grande. Es muy importante la escuela que escogemos para practicar, los profesores, las personas que están a nuestro alrededor…todo está conectado.

Empecé practicando todos los días un poco, una clase por día, y poco a poco ya fueron 2, 3 y a veces 4. Durante el primer año fue así, muy metabolizado y en función de lo que me pedía el cuerpo. A partir del segundo año inicié el proceso de formación para instructora, compuesto por intenso estudio de técnicas, conceptos y una basta filosofía ancestral y prácticas avanzadas. Me siento muy grata por haber tenido esa oportunidad y por los 3 años de aprendizaje que viví en aquella escuela y todo el conocimiento compartido. Hoy, casi 6 años después, tengo una misión: YÔGA & Co.

www.yoga-co.com

Se trata de un proyecto profesional, con mucho de personal, que pretende ser una propuesta de calidad de vida para las personas. Personas que quieren ser ellas mismas en su mejor performance. Personas que no buscan una terapia sino que quieren un estilo de vida basado en el bienestar físico y emocional, potenciando al máximo sus atributos y cualidades. Empresarios, deportistas, trabajadores independientes, personas con historia, con valores, con metas y objetivos. La filosofía práctica ancestral del Yoga y el Coaching son la respuesta desde YÔGA & Co.

El proyecto tiene alma y propósito. Es muy importante sentir el propósito desde dentro, y yo lo siento. Siento orgullo en lo que hago y esa es la motivación más importante. Es importante ver que podemos utilizar nuestro talento en beneficio de los demás, y al mismo tiempo sentir satisfacción y realización plena. Que mi experiencia de vida y mi dedicación a la enseñanza y divulgación de las diferentes técnicas y metodologías puedan servir para mejorar el día a día de otros, es la recompensa más deseada.

La humanidad necesita reconectarse consigo propia.

Necesitamos volar.

Neo: ­¿Por qué me duelen los ojos?

Morphews: Porque nunca los has usado.

La vida nos pone pruebas. Ignorarlas es como dejar de vivir, desertar nuestro camino. En la película de Matrix, el descubrimiento de la realidad hace vomitar y casi desmayarse al protagonista. El oráculo dice exactamente lo que él necesita oír, como la vida hace con nosotros. Cuando la consciencia se expande, no es posible volver atrás (Thiago Duarte)

Neo, en breve vas a entender como yo, que hay una diferencia entre conocer el camino, y seguir ese camino”

rocio.cervino@yoga-co.com
https://www.facebook.com/yogandco/

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