viernes, noviembre 16Respiro y dejo de Pensar

¿Es difícil practicar Ashtanga Yoga?

Si te tropiezas con alguien que te diga que el Ashtanga es complicado sin más, perdona, pero quizás esa persona no conozca mucho este yoga.

Puede que quien te lo haya dicho solo haya tenido un contacto superficial, de oídas, por vídeos y en el mejor de los casos… ¿quizás unos meses de práctica inconstante? Al final, los juicios de valor instalan en nuestras mentes ideas que, de alguna manera, pretenden condicionarnos, así que es importante tomar conciencia sobre lo que decimos y lo que escuchamos y cómo lo hacemos, pues puede influir en nuestro camino y el de otros de manera decisiva. Con lo cual, si alguien te dice que el Ashtanga es un yoga muy difícil, asegúrate de que quien lo afirme conozca bien este estilo, que como mínimo se haya tomado la molestia de aprenderlo durante un periodo de tiempo lo suficientemente significativo como para formase una idea sólida de él y no apenas unos meses.

Lo que implica el adjetivo «difícil» es tan subjetivo que pierde su valor de manera categórica casi automáticamente. Quizás, lo más afortunado sería relativizarlo: «Para mí, es difícil» o «en mi caso, me costaba bastante esta o la otra postura», etc. Pero una afirmación tan general que abarca el todo y sentencia como «el Ashtanga es un yoga muy difícil» o «es solo para gente que hace deporte», me atrevería a decir que es una arbitrariedad nacida de la ignorancia, pues lo que para unos es complicado para otros no lo es. Además, explícame, difícil en qué sentido: ¿Falta de concentración? ¿Físicamente? ¿Poca voluntad para practicar de manera constante? Lo cierto es que el Ashtanga ha tenido mala fama —yo misma he oído cosas negativas de primera mano sobre él—, posiblemente debido a una enseñanza poco adecuada de algún profesor poco experimentado con un método poco ortodoxo y, ¡esto no significa imitar los movimientos o la voz de Guruji durante la clase o enrollarse en la cintura su mismo pañuelo!  O también de alumnos con una actitud poco positiva o receptiva que se fijan más en los obstáculos que en los avances, aunque, ¡por supuesto que no tiene por qué gustar a todo el mundo!

Por otro lado, puede ser que cuando un principiante pone un pie por primera vez en una clase de Ashtanga Yoga, alucine un poco al ver cómo algunos de los allí reunidos realizan posturas que parecen «imposibles». Pero perdemos de vista varias cosas: que en este estilo de yoga es habitual que los niveles se mezclen, lo cual tiene un fin motivante; y que es@ ashtangui que nos sorprende lleve varios años de práctica continuada y comprometida, con lo cual sería injusto subestimar sus horas de dedicación al pensar que ha conseguido realizar ciertas posturas por casualidad o de manera natural.

Aun así, es curioso cómo nuestra mente-atención de manera automática siempre va hacia lo más llamativo, bien para alentarnos, bien para hundirnos y decirnos que eso no es para nosotros. En cualquiera de los casos, estos son uno de los miles de juicios involuntarios que nuestro querido ego emite constantemente. Sería interesante darnos cuenta de cuál es nuestro caso y, ya puestos a elegir, mejor que nuestra versión fuera la positiva, la de una práctica que despierta nuestra motivación, en vez de tirar la toalla sin ni siquiera haberlo intentado.


Una de las palabras que curiosamente más recuerdo mientras estudiaba en la facultad es «scaffolding» que significa «andamiaje» y se refiere al conjunto de ayudas u orientaciones que facilitamos a los niñ@s en las escuelas, para mejorar su aprendizaje. Este interesantísimo concepto del psicólogo ruso Vygotski está relacionado con lo que él llamaba Zona de Desarrollo Próximo (ZDP), es decir, la distancia que hay entre lo que el alumno puede hacer por sí solo (desarrollo efectivo) y con ayuda de alguien (desarrollo potencial).

El andamiaje se sitúa, pues, como un puente para que el estudiante camine desde su desarrollo efectivo hacia su desarrollo potencial con ayuda externa o, por qué no, a través de la observación del compañero mientras realiza una postura. Y es que, aunque durante la práctica tenemos que mantener nuestra mirada enfocada en los dristis, a veces es inevitable que se nos vaya un poco el ojo hacia el de al lado para aprender desde otra perspectiva, lo cual no creo que sea un error, sino más bien el uso de estrategias personales (aunque sí deberían ser puntuales con el fin de no perder la concentración).  De este modo, si aplicamos este concepto al yoga podemos observar que cada alumno tiene una manera de aprender: unos primero prefieren mirar cómo haces la postura, otros prefieren experimentar de primera mano, otros necesitan una referencia visual como una hoja en donde aparezca la secuencia…

El andamiaje también implica adaptarnos y reconocer, dentro de nuestras posibilidades y las de este yoga, el estilo de aprendizaje de cada persona, y eso es lo que intento respetar en las clases. Cada practicante es un mundo con su propia concepción de él, distinto al de la persona que está al lado. De este modo, con un poquito de pedagogía, otro poco de psicología, sentido común y experiencia, se intenta ayudar y guiar a las personas interesadas en profundizar en la práctica de Ashtanga para que rompan sus limitaciones POCO a POCO, avanzando en su ZPD y no más allá.

Por tanto, podríamos decir que el Ashtanga Yoga es ese yoga que nos permite llevar a cabo un sueño tan perseguido en educación como lo es el poder enseñar a cada alumno a su ritmo, respetando sus propios tiempos y maduración (en cada postura), de manera individualizada y, en algunos casos, adaptando la práctica temporalmente para facilitarla.

De esta manera, cuando oigo que el Ashtanga es difícil, para mí no tiene ningún valor (al igual que cuando alguien me dice: «Es que no tengo flexibilidad»), porque una clase de Ashtanga no es guiada para todos a la vez todos los días y no hay que seguir ningún ritmo general de la clase ni el de otros, eso sí sería imposible para un principiante.

¿Es, entonces, el Ashtanga un yoga difícil? En mi opinión, no, en absoluto, de ninguna manera.

Solo podría ser difícil si entras en una clase guiada tu primer día y el nivel no es el que te corresponde. Pero entonces, deberías saber dos cosas: que lo que has hecho no sea realmente Ashtanga, sino un sucedáneo/adaptación para llegar/captar a tod@s los que están en la clase; el profesor o el centro donde asistes no tiene mucha experiencia en cómo se enseña este método y qué es realmente Ashtanga.  En definitiva, este yoga debe aprenderse de manera tradicional, es decir, en las clases llamadas «estilo Mysore» en donde cada uno sigue su propio ritmo. No es lo mismo un alumno con una práctica de diez años, que realiza muchas posturas y seguramente está en la segunda o tercera serie, que un principiante que empieza con la respiración y los Saludos al Sol desde cero.

Así que no nos dejemos asustar por la famosa «dificultad» de esta práctica, creyendo que nos van a obligar a hacer posturas de circo el primer día, porque es todo lo contrario, y démosle una vuelta a este concepto: convirtámoslo en un reto, una transformación beneficiosa y respetuosa para nuestro cuerpo y mente, lo cual es motivador, positivo y siempre está a nuestro alcance, si damos con un profes@r con experiencia que sepa enseñar y trasmitir este estilo, ¡y hay muchos!

Namasté

Por Sandra Maldonado

SAMMA ASHTANGA YOGA